El lujo de ir al cine

Cuando hace unos meses el Gobierno aprobó la subida del IVA, muchos nos llevamos las manos a la cabeza al ver que, el IVA reducido del 8% que se aplicaba a cines, teatros y conciertos, entre otras actividades culturales, se convertía en el IVA normal, que subía al 21%.

De la noche a la mañana, los cines pasaban de ladrones a víctimas y media España se olvidaba que el coste del cine era ya un gasto importante antes de la llegada del lamentable señor Wert y compañía al poder.

En febrero de 2012, El País publicaba un reportaje que, apoyado en los estudios realizados por FACUA, reflejaba la dantesca evolución del precio de las entradas de cine: un 36% más caras que hace 7 años, superando en 17 puntos al IPC, y eso era a principios de 2012.

El precio medio de una entrada en este país ha pasado de los 4,80€ de 2004 a los 7,24€ tras la subida del IVA, pasando por los 6,64€ que valía entre 2011 y los primeros meses de 2012.
Estas cifras, además, aumentan en torno a 1 euros cuando la sala es digital, y cerca de 2 euros cuando es en 3D.

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Para más inri, estos precios pueden variar enormemente dependiendo de la ciudad: las medias más baratas se encuentran en Melilla (5€ normal y 7€ 3D), Granada (5,75€ y 7€) y Almería (6€ y una subida de hasta 9€ en el 3D) y las más caras en Barcelona (8,95€ y 11,65€), Guadalajara (8,50€ y 10€) y Madrid (8,42€ y 10,51€), según el estudio de FACUA.

Por lo que, haciendo unas cuentas aproximadas (con precios de Sevilla a finales de 2012, que se encuentran en la media nacional con unas entradas sobre los 8€), una noche de cine en pareja sale por 16€ dos entradas más 8€ por el menú de palomitas y bebidas para dos: 24€ por unas dos horas sentados en un butacón.

O dicho de otra manera, un pastizal que MUY poca gente, y cada vez menos, están dispuestos a gastar.

¿De dónde salen entonces estos precios tan altos? ¿Cual es la excusa?

Pués, además de la subida del IVA (que en la mayoría de los casos ha encarecido unos 70 centimos de euro el precio de las entradas), parecer ser que la “modernización” de las salas (salas digitales y salas 3D) y la subida de los gastos del personal son los factores por los que una entrada ha subido de media en torno a los 3 euros en unos pocos años.

La primera excusa, la de los gastos por modernización, me parece de risa. Y es que muchos cines adaptaron algunas de sus salas a las películas digitales (que ganan en calidad de imagen y de sonido) y a las 3D, cambios que repercutieron en el bolsillo de los espectadores, que deben pagar más por ver mejor una película o por verla doble (entiéndase, en 3D).

Los cines respondieron a los cantos de sirena de la industria, que prometía primero que el digital atraería en masa a la gente, que buscaba con ansiedad la mejor experiencia audiovisual mientras engulle palomitas y refrescos de pastilla (todos sabemos que la Coca-Cola, Pepsi, Fanta o Sprite que bebemos NO es igual que la que tenemos en una lata o en una botella).
Al ver que la gente no pagaba 1 euro más por que se viera mejor, y mientras las culpas por las bajas asistencias caían sobre la piratería y los sitios como Megaupload, Hollywood reinventó las 3D de la mano del Rey Midas, con Avatar.

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Se vendió, tanto al público como a los cines, que el 3D había vuelto para quedarse, y que había que invertir cuanto antes para disfrutar de la nueva ola de billetes que llegaba al barrio. Millones de euros invertidos después, sólo un puñado de películas se estrenan en este formato al mes, la mayoría de ellas fruto de la postproducción y con unos resultados HORRIBLES para la vista como la infame Furia de Titanes. Obvia decir, que los grandes pelotazos han dado un plus de beneficios (el más claro ejemplo ha sido Los Vengadores), pero el grueso de la industria siguen siendo las 2D de toda la vida, que son accesibles por unos 2 euros menos.

La culpa del alto precio de las entradas es, según Juan Ramón Gómez Fabra, Presidente de la Federación de Cines de España, también cosa de los trabajadores. Y es que, tal y como declara en el reportaje de El País, la subida de los gastos del personal afecta a las entradas.

¿Personal? ¿Hablamos de esas plantillas que cada año son más reducidas y tienen que hacer más por lo mismo o incluso por menos? Pongo un ejemplo claro, que los sevillanos puede que conozcan: el cine de Plaza de Armas ha contado siempre con unas entradas más caras que el resto de cines de la provincia. Hace 4-5 años, al comienzo de cada sesión, uno o dos acomodadores (rara avis en el cine, si es que queda alguno) ayudaba a los espectadores a encontrar sus asientos. Con la figura de los acomodadores en plantilla, uno podía entender esos 50-70 céntimos de más que podía valer la entrada, ya que, además, estaban los empleados de las taquillas, del stand de golosinas y los de la barra de bebidas, palomitas, nachos y perritos calientes.

Hoy, los acomodadores no están, la taquilla se ha situado junto a la barra de las bebidas, y los pocos empleados que quedan hacen de todo: lo mismo te sirven el menú pequeño de 7€ (el más caro que he visto en toda Sevilla), que te cobran las golosinas o que te venden las entradas. Y esto, quizás no de la misma manera, pero se puede extrapolar a la inmensa mayoría de cines en los que las plantillas han ido bajando, a pesar de las sucesivas subidas del precio de las entradas.

En el fondo de todo esto, la bestia negra de la industria, o eso dicen ellos: la piratería e Internet.

Megaupload, Internet, RapidShare, el emule, el P2P, Kim Dotcom,…los enemigos públicos y más buscados de la industria del entretenimiento han sido señalados continuamente por cualquiera que produjera, creara o vendira películas, libros, música o videojuegos.

En el caso del cine, se ha logrado el cierre de más de una web dedicada a “compartir enlaces a copias privadas” de películas, e incluso el FBI, incentivado por los lobbys de la industria audiovisual y saltándose la ley y su jurisprudencia, detuvieron al creador de Megaupload y cerraron los servidores. Por la patilla.

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Este acto atroz que derivó en la pérdida de millones de gigas de información privada, fue interpretado por los chamanes de esta industria como la cura de una grave enfermedad. La realidad, es que desde el cierre de MU, la asistencia a los cines ha descendido notablemente, tal y como publican en Iberestudios.

¿Qué pasa entonces con el público? ¿Dónde nos metemos? Pues depende.

Están los asiduos, que han pasado de ir todas las semanas (y hablo, de una evolución desde hace años y siempre en términos generales) a dos veces al mes.

Tenemos a los que iban de vez en cuando, que ahora, con una vez al mes tienen suficiente.

Se encuentran, aunque no suelen estar (broma tonta), los que se mueven por determinadas películas o por los blockbusters, los que sólo van al cine cuando Harry Potter, El Señor de los Anillos, Crepúsculo, Los juegos del hambre o producciones similares están en cartelera, y que se gastarán seguramente sus 8 euros (10 si es en 3D) por la entrada, por que al fin y al cabo, una vez al año no hace daño.

Y luego están los que no van nunca al cine, los que no disfrutan del séptimo arte, aquellos que fueron a ver Scary Movie 2 para acompañar a un amigo que les invitaba o que se tragaron Mentiras y Gordas porque salía X tía o Y tío desnudo. En fin.

Está claro que el que suele ir al cine, el que aporta periódicamente dinero al cine de su barrio o de su ciudad o pueblo, ese es el mayor perjudicado, y es precisamente el público objetivo al que los cines deberían cuidar. ¿Por qué no implantar una tarifa plana mensual? ¿Por qué no introducir un 2×3 y que la tercera película salga gratis?

La gente que puede que vaya al cine QUIERE ir al cine, no quiere ver una película mal grabada, con tos de fondo, siluetas moviéndose de aquí para allá y con el sonido distorsionado.
Una prueba de ello son las ofertas y los cupones. ¿O acaso no se acaban en cuestión de horas los cupones de descuento de Groupón? ¿O no se llena el cine entre semana cuando sacan promociones de 2×1 o de entradas al 50%?

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No, el problema no es la piratería, ni el usuario ni siquiera la calidad de las películas, que al fin y al cabo es un tema de rachas, y casi siempre hay al menos una cinta por la que no te importaría pagar. El problema aquí está en los cines y en la industria, que establecen un precio desorbitado a un producto tan perecedero como es el cine.

En una ocasión, tuve la oportunidad de preguntarle a Alberto Rodríguez, director de la maravillosa Grupo 7, sobre el precio del cine, y él me respondió que le parecía incluso barata, que muchos de nosotros nos gastaríamos seguramente más dinero a la semana en cerveza de lo que nos podemos gastar un día en el cine.
Aunque no pude tener la oportunidad de profundizar en el tema, me quedé con los ojos como platos con la respuesta.

Al parecer, el objetivo va a seguir siendo tener una cartelera repleta de películas de todos los tipos y colores (cantidad que generará pérdidas, ya que no todas las películas son rentables) y sangrar al pobre aficionado que quiere entretenerse un rato con unas palomitas y un refresco. La situación la verdad, es lamentable, y el mantenimiento de esta política y de estas estrategias abusivas sólo va a llevar al cierre de más cines, al despido de más trabajadores y al encarecimiento sucesivo de las entradas ante el descenso continuo de gente a los cines: la quimera de la industria audiovisual, mordiéndose la cola hasta desfallecer.

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